A través de las pantallas
Micro cuento infantil sobre la inteligencia artificial en un entorno, donde los jovenes estan mas rodeados de ella que de los humanos
ESCRITOS
Dann S. Cañon
2/25/20263 min leer
A través de las pantallas.
Todo cuento debe iniciar por había una vez, pero este inicia con el ahora. Ahora que vivimos en la era digital, el auge de la tecnología y apenas el inicio de la inteligencia artificial, aquella herramienta tan prometedora, tan iluminada, tan indispensable en nuestras vidas del ahora y tan abrumadora para el mañana.
Michael, un niño de esta generación tecnológica, creció en medio de dispositivos, casi no recordaba el rostro de sus padres, creo que jamás los había visto en persona, solo como dos grandes trabajadores, dos grandes consumidores que jamás dejaban ver su verdadero talante. Jugando con robos creció, aprendiendo sus partes, cómo funcionaba, qué cables conectar y qué otros no. Cuando, por primera vez, surgió la inteligencia artificial, aquella herramienta ya antes usada, ahora a la mesa de todo el mundo, él fue el primero en entrar. Pero no físicamente, no desde una computadora; adentrarse en su interior, a sus códigos y maleficios. Gasto sus ahorros del cerdito, compro aquellas gafas que prometían sumergirse en lo más profundo de la red. No tenía miedo, ¿qué podría perder?
Entonces, de pie en su habitación, con las gafas interactivas, sin pensarlo dos veces, apretó el botón con decisión. No pasó nada. Se decepciono. Pero después, un leve mareo apareció: las cosas que veía a través de los lentes se movían un poco, no como un temblor, sino en forma de espiral, y todo se volvió oscuro. Aunque sentía el suelo de su habitación, todo era tenebroso y el frío hizo que la piel se le pusiera de gallina; pero como él era aún pequeño, se le puso de pollito. No aparecían esos códigos alfanuméricos de color verde, como en las películas, ni personitas pequeñas trabajando sin cesar, como piensan los conspiracioncitas. No. Por el contrario, todo era sombrío, sin final, sin nadie, sin humanos, sin control.
Sin entender lo que pasaba, caminó entre aquellas paredes sin fondo, sin algo que explicara el porqué, alguien que le dijera la razón, la importancia detrás de lo más innovador hasta el momento. Y ahí, casi al final, lo que parece serlo, encuentra una proyección, es como un video, solo eso, un video, con el sonido al mínimo. Se acerca con curiosidad, con precaución como si pudiera perder aquella señal.
Puede ver a dos personas, antes de todo lo digital, cuando se escribía en papel, cuando se miraban a los ojos, cuando salía aire por las cuerdas vocales, cuando se conocían en verdad. Aquellas dos caras no parecían registrarse en la base de datos del niño, tan confundido, solo observó las imágenes que pasaban. Un hombre y una mujer, tomados de la mano en un parque, riendo, después acostados en el pasto, el verde y fresco césped, ese que mancha la ropa. No podía identificarlos hasta que hablaron, la voz de la mujer, aquella que cantaba a través del monitor, aquella que regañaba por grabaciones de voz, la voz del hombre, gruesa, que hablaba solo en conferencias, donde solo se le veía en un escenario o en charlas. Los reconoció, no por sus rostros, sino por su voz; eran sus padres. Verlos en aquella vida, donde ellos eran los que tomaban decisiones y acciones, no la inteligencia artificial, aquella vida donde él era amado y cuidado por sus padres, no por la inteligencia artificial, aquella vida donde podía hablar y que le prestaran atención en la realidad, no a través de dispositivos. Ahí quedó, inmerso en ese mundo, contemplando lo que hubiera podido ser su vida.

